Cuando todo se dignifica, cuando los significados pierden todo sentido es cuando veo mi más cruda realidad.
¿Cómo se dice cuando estás más acompañado que nunca pero a la vez sabés que estás completamente solo?
Y ahora que lo veo, es simple: algo de ella debió de estar en mí.
Pero ya no más. Aunque eso me haga trizas el alma.
Me importaba. Me importaba el que dirán cuando estaba a su lado, porque a ella sí le afectaba. Porque me importaba su bienestar. Porque me importaba ella.
Pero ahora, ahora que todo es tan diferente, ahora que ya nunca volveremos a ser las mismas. Que aunque estemos bien, ya nada será igual. Ahora no necesito eso.
Es tan inmenso ese placer, el sentir que no hay que aparentar, que no importa lo que piensen, que no hieren esos ojos en la espalda.
No me tocan, ni los peores dardos envenenarían mi integridad. Porque no me importa, porque si de ratos uso un disfraz, ya no me afecta lo que de eso piensen.
Y es que me siento bien.
Después de tantos años, por fin tengo el equilibrio que necesitaba.
Y ahora que tengo miedo de escribir esa palabra por miedo a su posible evaporación.
Ahora que no quiero más nada que evolucionar. Que no hay nada que no tenga que pueda cambiar mi presente, nada que pueda detenerme.
Ahora que lloro con menos violencia, que sonrío con más frecuencia.
Ahora que aprendo lo que es callar. Que no me duele mi pasado y no me asusta el futuro.
Ahora que te tengo y que sé que daría mi vida por no perderte.
Ahora que no hay mañana o noche que no me encuentre pensando en que quizás, sólo quizás, soy feliz.