No son las palabras espantosas y crueles que me dijiste esa noche lo que me devastó, eran sólo palabras, las mismas que montones de personas me han dicho. Sino que fueras vos el que las decía. Y darme cuenta, tiempo después, que habías dejado de ser la persona que yo idolatraba.

Hace unos años, me dijiste que querías viajar, dejarlo todo y vagar sin rumbo un par de años. Yo te creí. Porque en ese momento eras capaz, capaz de eso y mucho más. Y me asusté, por supuesto, ante la chance de que realmente cumplieras tus pequeños sueños y yo no pudiera verte por un tiempo (un pensamiento egoísta, pero era amor).
Pero después de enero, me dí cuenta de que ya no harías esas cosas, que ya ni siquiera tienen lugar en tu mente. Ya no soñás con la libertad que yo amaba.
Se lo expliqué a mi chico cuando volví, le dije que vos ya no eras el mismo que me hacía filosofar mirando la lluvia, que sentía que te habías dejado ganar. Vos y yo, solíamos ser la misma mierda, solíamos llevarnos bien por eso. Siempre nos dijeron que no teníamos corazón, y nunca pudimos demostrar lo contrario.
Pero ahí estabas, en enero, diciéndome que no se podía vivir así, que vos habías cambiado porque te habías dado cuenta de no se puede vivir peleando con el mundo entero.
Así fue como me caí. Yo, que había vivido siempre con el consuelo de que al menos vos eras parecido a mí (e incluso peor), ahora dejaba de tenerte de ejemplo. Vos, que eras todo lo que yo quería ser, me estabas diciendo que había que cambiar, que los otros (¡¡los otros!!) tenían razón.
No estoy enojada. Sólo dolida. Porque te dejaste ganar, porque seguís siendo la misma mierda, el mismo desalmado de siempre pero ya no tenés el coraje para admitirlo. Has herido a todas las personas que tuviste cerca, just like i did, pero crees que ahora cambiaste para no volver a hacerlo.
Siempre dijimos que si no fuéramos primos nos hubiéramos casado, pero hoy agradezco que nuestro lazo sea sanguíneo, de lo contrario hubiéramos pedido el divorcio. Yo te sigo amando primo. Pero ahora sé que no somos iguales, porque a mi no me gusta perder.

Hace unos años, me dijiste que querías viajar, dejarlo todo y vagar sin rumbo un par de años. Yo te creí. Porque en ese momento eras capaz, capaz de eso y mucho más. Y me asusté, por supuesto, ante la chance de que realmente cumplieras tus pequeños sueños y yo no pudiera verte por un tiempo (un pensamiento egoísta, pero era amor).
Pero después de enero, me dí cuenta de que ya no harías esas cosas, que ya ni siquiera tienen lugar en tu mente. Ya no soñás con la libertad que yo amaba.
Se lo expliqué a mi chico cuando volví, le dije que vos ya no eras el mismo que me hacía filosofar mirando la lluvia, que sentía que te habías dejado ganar. Vos y yo, solíamos ser la misma mierda, solíamos llevarnos bien por eso. Siempre nos dijeron que no teníamos corazón, y nunca pudimos demostrar lo contrario.
Pero ahí estabas, en enero, diciéndome que no se podía vivir así, que vos habías cambiado porque te habías dado cuenta de no se puede vivir peleando con el mundo entero.
Así fue como me caí. Yo, que había vivido siempre con el consuelo de que al menos vos eras parecido a mí (e incluso peor), ahora dejaba de tenerte de ejemplo. Vos, que eras todo lo que yo quería ser, me estabas diciendo que había que cambiar, que los otros (¡¡los otros!!) tenían razón.
No estoy enojada. Sólo dolida. Porque te dejaste ganar, porque seguís siendo la misma mierda, el mismo desalmado de siempre pero ya no tenés el coraje para admitirlo. Has herido a todas las personas que tuviste cerca, just like i did, pero crees que ahora cambiaste para no volver a hacerlo.
Siempre dijimos que si no fuéramos primos nos hubiéramos casado, pero hoy agradezco que nuestro lazo sea sanguíneo, de lo contrario hubiéramos pedido el divorcio. Yo te sigo amando primo. Pero ahora sé que no somos iguales, porque a mi no me gusta perder.
1 comentario:
es una máquina de humo
Publicar un comentario