
Hace tiempo que caen, con la liviandad y velocidad intachablemente adecuadas, pero golpeando como bombas nucleares en mi frágil corazón.
Los autos, veloces máquinas de colores, pasan sin siquiera advertirlo, aplastan las ya caídas, poniendo fin a sus cortas vidas y cambiando para siempre el rumbo de la que comenzaron el fatal viaje.
Todos los años sucede, todas las primaveras me encuentran admirando maravillada este proceso natural. Y sin embargo aún me asombro, me quedo atónita en el balcón, amando esta calle y esta primavera tan mías.
Todos continúan caminando por las veredas, necios de realidad, sin notar el espectáculo.
Es un suceso hermoso, de magnífica pequeña proporción.
Quiero vivir eternamente contemplándolo, que estas lágrimas de jacarandá sigan lloviendo sobre mí hasta que mi estación se aleje otra vez, que al fin de cuentas, septiembre siempre vuelve.
Los autos, veloces máquinas de colores, pasan sin siquiera advertirlo, aplastan las ya caídas, poniendo fin a sus cortas vidas y cambiando para siempre el rumbo de la que comenzaron el fatal viaje.
Todos los años sucede, todas las primaveras me encuentran admirando maravillada este proceso natural. Y sin embargo aún me asombro, me quedo atónita en el balcón, amando esta calle y esta primavera tan mías.
Todos continúan caminando por las veredas, necios de realidad, sin notar el espectáculo.
Es un suceso hermoso, de magnífica pequeña proporción.
Quiero vivir eternamente contemplándolo, que estas lágrimas de jacarandá sigan lloviendo sobre mí hasta que mi estación se aleje otra vez, que al fin de cuentas, septiembre siempre vuelve.
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