Me dejás sin palabras.
Mis palabras carecen de sentido alguno cuando tengo que responder a tus frases llenas de aprecio.
Las letras se amontonan y sufren, agazapadas por el miedo al error y la vergüenza.
Cada vez que te escucho o te leo, quiero escapar, huir ante la obligación de responder. Pero no lo hago, porque el deseo de estar con vos es más fuerte que mi orgullo.
Porque aunque nadie me crea al decirlo, admito siempre que sos mucho más que yo. Tu sabiduría me supera por los lados.
Y tendrías que sentirte agraciado, porque mi orgullo sólo se rinde frente a tu persona, mi terquedad sólo tiene límites ante la tuya. Sólo a vos te doy la razón, si es que realmente la tenés.
Sólo porque admito que sos mejor.
Sólo porque lo sé.
Mi idolatría no tiene fronteras, no si de vos se trata.
Porque festejo cada cosa que hacés, y admiro todo lo que decís. Porque saboreo tus errores cerciorándome de que sos humano. Porque tu ego y mío no caben en una sola habitación.
Vos me prometiste, el día que alcance la eternidad vos vas a estar a mi lado.
Y aunque repito que prometés más de lo que podés cumplir, sé que no vas a desperdiciar la oportunidad de engrandecer los pequeños logros que realizamos juntos todos los días.
Lo prometiste...