Recuerdo cuando éramos simples almas conectadas sideralmente. Cuando yo te veía como un extraño, como un amigo al que nunca iba a terminar de conocer.
Yo no buscaba una relación estable, tendrías que saberlo.
Pero me superaste. Te adentraste en cada fibra de mi ser como el peor cáncer. Contaminaste todas mis células con tu entendible enfermedad, el exceso de luz. Vos esperabas a alguien. Y yo golpeé con una columna de 1,90.
Yo te creía brillante. Pero me dí cuenta que eras mucho más que eso. Tuve que aceptar que me excedías, que nunca sería el ser maravilloso e incomprendido que vos sos. Tuve que asimilar cosas nuevas para sentir que podía alcanzarte. Pero nunca lo logré.
Hay veces que no puedo conmigo misma. Y otras tantas veces no puedo con vos. No respondo tus interrogantes porque sé que esperás la respuesta perfecta, y muchas veces no la tengo. Ahora que conozco tus lados más brillantes y tus rincones más ocuros me persigue la consternación de saber que soy poco para vos. Que quizás, después de todo, los otros tenían razón: yo no soy la que vos necesitás.
Siento que me canso de correr a tu velocidad. Que ya no puedo seguir tu ritmo.
Me siento insuficiente para tus necesidades.
Decís que no querés ser el novio que todas quieren, que te alcanza con ser el que yo quiero. Pero posiblemente ya sos eso. Probablemente lo que falta es que yo sea lo que vos necesitas. Y hoy, dudo que exista la posibilidad real, para mí, de conseguirlo.